La Vanidad y el Universo

Sucedió en el 1980, me encontraba, junto con autoridades regionales en una travesía en mulo desde Baní hacia San José de Ocoa, por campo traviesa, tratando de captar el potencial natural regional y formular proyectos que cubrieran  las necesidades de salud, educación, comunicaciones y energía limpia de sus pobladores, que parecían haber estado olvidados, por no residir a la orilla de camino alguno.  Sería un recorrido de dos días donde observaríamos asentamientos, cultivos, cañadas, arroyos, saltos de agua, accesos a centros de salud y de educación de sus pobladores y en fin, toda posibilidad de desarrollo de proyectos dentro de un contexto de integración urbano-regional que pudiera ser sostenible en el tiempo.

Llevábamos ya 27 km del recorrido de ida, cuando la noche se presentó y decidimos acampar en la campiña. Mi libreta estaba casi llena de anotaciones. La imaginación de todos volaba con un romanticismo, típico del que todavía no se ha convertido en político y cree aún que los demás también necesitan atención. Habíamos visto bellezas y también desolación, habíamos palpado en los rostros de mucha gente, el ansia de ser ayudados, deseando creer que éramos enviados del cielo y que no los defraudaríamos. Yo por mi parte, deseaba creer que aquello lo hacía no por mi propia vanidad de sobresalir y sentirme un prohombre, sino por real amor al prójimo, el mandamiento más difícil de cumplir, aunque los vanidosos aseguren que lo practican.

En general, reinaba una atmósfera de entusiasmo en todas las partes, se hablaba de mejorar la salud, incrementar las oportunidades de educación, generar electricidad sin combustión alguna aprovechando los saltos de aguas y mejor aún, de crear los accesos para que los agricultores pudieran llevar al mercado sus excedentes de producción. Todo me parecía perfecto y viable y solo me preguntaba, ¿porque los responsables de gobernar, no repartían la inversión en verdaderos planes de desarrollo integral en todas las regiones del país, lo que de paso disminuiría sensiblemente las tasas de migración hacia las grandes ciudades y mejoraría la distribución de la riqueza y por tanto el bienestar de la sociedad en su conjunto?

La noche ya estaba en nuestro improvisado campamento y alrededor de una fogata, se encontraban casi todos sentados, conversando antes de irse a dormir a las tiendas. No tenía sueño y tampoco deseos de pensar en lo que habíamos detectado y las soluciones que se habían planteado. Me recosté de una gran piedra cercana a un arroyo que se deslizaba vivamente entre la grava que conformaba su lecho, llenando el espacio con el sonoro arrullo de su paso hacia el mar. Levanté la vista y me impresionó ver en el fondo negro del cielo una infinidad de estrellas y más notable aún, el fulgor de aquella cinta luminosa y estrecha que cruzaba el cielo, que llamamos Vía Láctea.

Mirando hacia el cielo con el fondo casi musical que emitía el arroyo a su paso, sentía el letargo del sueño, que embargaba ya mis pensamientos, disipando las ideas concretas, para sustituirlas por divagaciones e ideas entremezcladas en fusión de realidades y fantasías, preludio del inicio de esa fase, donde el consciente se adormece para que nuestro físico descanse y reponga sus energías para iniciar un nuevo día.

No sé si fue en un sueño o todavía dando rienda suelta a mi imaginación, que de repente me encontraba como espectador  en una historia que aunque parecía ficción por algunos de los personajes, condensaba  mis limitados conocimientos del universo para ese entonces. 

Me veía entre dos personajes que ni siquiera eran de una misma época.  Por razones que solo la imaginación conoce, yo sabía que uno era Claudio Ptolomeo, un astrónomo, químico, geógrafo y matemático greco-egipcio, que vivió en los inicios de la era cristiana y el otro era nada menos que Yuri Gagarin, el primer hombre que fue puesto en órbita terrestre, inaugurando la era de la astronáutica, en el camino hacia el descubrimiento de otros mundos y la conquista del espacio.

En esos juegos de la mente en que las escenas cambian sin transición alguna, veía a Ptolomeo ubicado en la noche y firmemente sobre un promontorio, mirando hacia un estrellado cielo. Gagarin, por otro lado, lo percibía en su cápsula, orbitando la tierra. Ambos se comunicaban y Ptolomeo sostenía con vehemencia su parecer de que la esfera celeste, ese espacio que contiene a todas las estrellas, giraba como un todo alrededor de la estática tierra, que era el centro del universo y de la creación. Su lógica gozaba de contundencia y además era apoyada por todas las creencias religiosas importantes de la época, con tanta fuerza, que solo un loco o un ateo podría intentar rebatirla, pero claro está, poniendo en riesgo su propia vida en aquel entonces.

Gagarín no era loco y como diputado del Soviet Supremo que fue luego de su histórico vuelo, probablemente si era ateo. Sin embargo, Yuri sabía que no era de la época de Claudio y que por tanto, su vida no corría peligro si lo contradecía y le mandó un mensaje a su amigo donde le expresaba que su esfera celeste estaba inmóvil, que veía a la tierra dando vueltas, “es la tierra la que gira, por eso en una noche ves a todas las estrellas desfilar por nuestro firmamento”, le dijo.

Gagarín escuchó a su amigo Claudio Ptolomeo reírse y poco después escuchó su voz  diciéndole:   ¡que tonto eres Yuri!... ¿Acaso no sabes, que todo ente o materia que abandona la superficie de nuestro planeta, de inmediato forma parte de la materia sutil que compone la esfera celeste y es arrastrado por la vorágine de su rotación?... ¡Eres tú quien gira… acabas de probar mi presentimiento de que somos el centro del universo!

Los observaba y me han dejado confundido. ¿Quién tiene la razón? La lógica de Ptolomeo tiene tanta contundencia en un sentido como en otro… puedo utilizarla para rebatirlo con igual brillantez y fuerza, pero históricamente se, que la humanidad se quedó con Ptolomeo y su teoría geocéntrica por casi 20 siglos más, en parte por vanidad o miedo de no ocupar la posición de privilegio que sustentaba la creación... en parte por igual miedo de irse en contra del statu quo.

Buscando mi propia lógica, en mi mente asomó un pasaje del Eclesiastés, ese libro parte de uno de los más importantes documentos de la humanidad que nos dice en forma simple y categórica, lo que para mí es una verdad absoluta en la existencia humana, “vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Estas palabras del predicador me ha seguido durante toda la vida, impactando mi pensamiento ya que interpreto que la vanidad que solo causa la aflicción del espíritu, paradójicamente es el motor de la existencia.

Con Ptolomeo, por casi 20 siglos, la infinita vastedad del universo quedó condenada a girar en torno a nuestro minúsculo planeta con la misión de adornar nuestro cielo nocturno en tributo al máximo producto de la creación, el hombre, con lo que la concepción Ptolemaica del universo, no era fundamentalmente geocéntrica... era egocéntrica.

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