La Vía Palatina del Gran Cielo

Las teorías geocéntricas de Eudoxus, Ptolomeo y muchos seguidores, se enfrentaron en el siglo 15 con el polaco Mikolaj Kopernik (Copérnico), cuyos puntos de vista más audaces y con soportes basados en la experimentación, mostraban una tierra no estática, que siendo parte del universo, ahora giraba junto con él, alrededor del sol, que como nuevo centro del universo, daba paso a la innovadora teoría heliocéntrica del firmamento. Se puso en peligro la concepción vigente de ser el centro de la creación para dárselo al sol, que en cierto modo lo merecía ya que sin su luz y calor, no existiríamos.

Más que ocupar el centro, el hombre también se preocupaba por encontrar un modo de establecer si en toda esa vastedad espacial y temporal, era el único ente inteligente existente dentro de la complejidad del cosmos, ese conjunto que dentro de un no bien descifrado caos, permite descubrir leyes que le dan orden y armonía. En el siglo en que vivimos, parece que no hay vida inteligente apreciable en todo el sistema solar, pero casi nadie duda de la probabilidad de que en sistemas apartados del universo, se encuentren formas  inteligentes, tratando igualmente de descifrar sus misterios y establecer sus leyes. Con esto, no se destruye nuestra importancia, lo que se empieza a dudar es sobre la exclusividad que pretendíamos de ella. En realidad, ahora que se inician nuestras sospechas sobre otros mundos habitados, somos más importantes, porque estamos en el camino de ahondar en el misterio que encierra la inmensidad espacial y eternidad del universo.

En cuanto a ceder al sol la posición de privilegio, no nos quita el espectáculo de ver desfilar las estrellas cada noche, por los siglos de los siglos y más aún, nuestra posición y nuestro ambiente, es de tal manera privilegiado, que dentro de todo nuestro sistema planetario, somos los únicos que logramos desarrollar la vida y al ser humano.

Casi un siglo después de haber nacido Copérnico, viene al mundo en Florencia, el que empezaría a darle forma al universo cercano, Galileo Galilei. Durante su vida de descubrimientos que desafiaban las teorías aristotélicas todavía vigentes, supo mantener su pensamiento copernicano para si mismo y discípulos abiertos a la aceptación de sus rigurosas pruebas y experimentos, mientras para los conservadores, se mantenía con un aura aristotélica que le protegía en una época sumamente dura para los declarados herejes.

Pero sigamos mirando hacia el cielo. En cualquier noche despejada, pueden ser observadas por nuestros ojos, unas seis mil estrellas. Además de estas estrellas que aparecen diseminadas por toda la semiesfera celeste, puede percibirse una estrecha banda, débilmente iluminada, que ya en la antigua mitología griega se define como formada por leche derramada de los pechos de la diosa Hera y que se conoce como Vía Láctea.

Muchos poetas han dedicado sus versos a la descripción de este impresionante espectáculo nocturno, donde particularmente nos gusta el escrito por el poeta Romano de la época precristiana Publius Ovidius Naso (Ovidio), que nos dice:














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Hay un sendero en lo alto, visible en cielo despejado,
que fulgura con luz propia y por el que caminan las deidades,
que enfilan hacia la mansión del gran dios del rayo.
A ambos lados, los palacios de los dioses se amontonan,
quedando los humildes ubicados más lejanamente,
cuidando con lealtad al poderoso en su morada.
Es la región que osaría llamar, la vía palatina del gran cielo.